EL VALLE DE LAS LUCES SOLAPADAS

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Qué circunstancias inciden para que en este enclave de Villa del Río surjan apasionados practicantes de ese difícil arte que denominan pintura? Tradicionalmente se han considerado dos aspectos prioritarios en el despliegue de este oficio: el dominio preciso del dibujo —la línea— y la armónica orquestación de los pigmentos mediante una acertada disposición del cromatismo —el color—. Para que ambos fundamentos puedan ser oportunamente valorados, la naturaleza ha de disponerlos de manera ostensible ante la retina de los habitantes de un determinado entorno geográfico. ¡Cómo si no podríamos explicar la vaporosidad de la pintura veneciana —Giovanni Bellini, Giorgione, Tiziano…—, o la exacta linealidad de sus semejantes florentinos —Botticelli, Miguel Ángel…!—. Es obvio que, tradicionalmente, cada artista ha pintado lo que su sentido visual ha sido capaz de captar en un concreto dominio natural: la síntesis de luz, humedad, altitud, temperatura, vaporosidad, ambiente vegetal, presencia líquida y mineral, que se despliegan a su alrededor y en las que el suje-to, como hombre y como artista, se halla inmerso.

Miguel Clementson Lope

Yo creo que el valle en que se emplaza Villa del Río tiene muchos condicionantes propicios para despertar en sus habitantes una especial sensibilidad hacia la valoración de lo que podríamos denominar “efectos pictóricos”. Nuestro querido y venerado paisano Pedro Bueno solía decir que el paisaje de Villa del Río, durante gran parte del año, era muy inglés, por su intenso verdor y por la invernal persistencia de su bruma; y Beppo, aquella inglesa errante cuya vida misma constituía un permanente happening, reconocía como Machado, después de “andar muchos caminos”, que la luz de este entorno paisajístico, junto con la de Pobla de Segur (Lérida) y Quesada (Jaén), eran las que más le subyugaban y le predisponían para el despliegue de la creatividad ante el albor del papel.

Desnudo, 1975
Dibujo a lápiz sobre papel 45,5 x 30,5 cm

Y lo cierto es que este paisaje y esta luz que anega el suave valle por donde discurre el Guadalquivir a su encuentro con el mar, no es abrupto, ni cautivador por la presencia de una vertical y mareante orografía; pero bajo la suave epidermis de sus colinas palpita una rítmica cadencia que sin apenas darnos cuenta seduce a todo aquel que se posiciona en estas tierras, pues quien aquí llega corre el riesgo de quedar hechizado —bien herido— por aquello que Nietzsche calificaba como la lenta flecha de la belleza: “La especie más noble de belleza es la que no arrebata de golpe, la que no lanza ataques tempestuosos y embriagadores (tal belleza suscita fácilmente asco), sino aquella que va infiltrándose con lentitud, la que llevamos con nosotros casi sin darnos cuenta y con la que volvemos a encontrarnos un día en un sueño, y que por fin, tras haber estado modestamente largo tiempo junto a nuestro corazón, se apodera por entero de nosotros y llena de lágrimas nuestros ojos y de nostalgia nuestro ánimo”.

Quizás sea oportuno reconocer la huella de autores como Pedro Bueno, que han marcado un referente estético al que remitirse para muchos aspirantes a artista en el valle. Sin embargo, yo creo que esto no deja de ser episódico al fin y al cabo. Es cierto que no ha habido ningún autor que haya alcanzado jamás tan alta resonancia nacional —y su Primera Medalla de 1954 así lo confirma, al margen de otros méritos igualmente relevantes—, pero el decurso del tiempo ratificará esta constante general de propensión a la plástica para los habitantes de esta vega media del Guadalquivir, al margen de autorías cualitativas y, al cabo, nadie deberá sentirse dependiente de ningún otro referente programático que no sea la mera luz y la bruma densa y húmeda de esta perpetua hondonada. 

Fuente: Catálogo Pintores Concatenados - F. Botí 2018

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